Rafael
Loret
de Mola
Escritor y periodista
Cuando el presidente Bush señaló a México como escenario para su primera visita de Estado, en febrero del convulso 2001 al que dio sello el supuesto terrorismo islámico, su intratable séquito dispuso una serie de medidas para garantizar la seguridad del personaje sobre nuestro territorio desde su aterrizaje, en León, Guanajuato, luego de haber iniciado la primera de las operaciones destinadas a mermar al «enemigo número uno», entonces Saddam Hussein, a costa de bombardear Bagdad.
Todo cuanto sucedió en el rancho de los Fox -cuando él todavía no coronaba a ella-, fue simple escenografía para retratar a un belicista mandatario ansioso de invadir y retomar la senda guerrera de su padre. Además de ello, fue notorio que los custodios de Bush impusieran al presidente mexicano, en su jurisdicción, vamos y en su casa, condiciones ofensivas para la jerarquía institucional tales como la exigencia de que, tras decepcionar a su invitado, se transportara en el automóvil de Bush, traído ex professo, y utilizara la parafernalia de la Casa Blanca.
Gracias a ella, por supuesto, tuvo pretexto para dotar a su rancho de San Cristóbal de los sistemas más sofisticados... aun cuando no podría precisar si tales proveyeron también al calculador espionaje de los norteños vecinos. Con los antecedentes conocidos ésta es más que una especulación febril.
En la misma línea, aun cuando sea más discreta la operatividad, el gobierno mexicano reconoció a los Príncipes, muy corteses y comedidos siempre además de sencillos -la conducta impecable de ellos no está a discusión-, como si se tratara de jefes de Estado aun cuando tal jerarquía recae en los Reyes, los padres de Felipe y suegros de Letizia, quienes no han abdicado ni piensan hacerlo en el corto lapso. No hay ninguna noticia al respecto ni siquiera por los rumores acerca de algunas desavenencias de la pareja real tapadas por el talento y magistral conducción de la soberana, Doña Sofía.
Entonces, ¿por qué se alteran las formas y los sustentos por la sola exigencia, desproporcionada en cuanto a territorialidad, de la casa real española? Insisto, tal no es recriminación a los protagonistas directos sino a quienes fraguaron imponer una representatividad mayor a la que de verdad ostentan los herederos. Y no se trata de comerse el pastel antes de tiempo, en materia de asunciones monárquicas, sino de situar el contexto en su justo medio sin las precipitaciones habituales de los diseñadores de imágenes.
Si no nos parece razonable que al Rey de España, más allá de sus atributos políticos incuestionables, se le otorgue trato preferencial durantes las sostenidas Cumbres Iberoamericanas, cuando sólo ostenta la representación del Estado y no la del gobierno español, esto es la mitad exacta de la jerarquía de los presidentes latinos que comparten mesa, mucho menos que se adelanten los tiempos para exaltar a los Príncipes cuyas misiones son honoríficas aun cuando acudan, él sobre todo, a las unciones de los mandatarios de todos los colores.
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